Sobre el chat de Moa
Moa no es solo un nombre que resuena en las noticias por sus yacimientos de níquel, sino un territorio donde el Caribe se funde con montañas. Su nombre, que los aborígenes arahuacos asociaban a «lugar de las aguas», aún se nota en la humedad que empapa sus calles y en la brisa que trae olores a salitre desde las bahías de Cayo Moa y Yaguasey. Aquí el béisbol no es un deporte, es una religión: en el estadio Ángel Romero Vidiaux, los Mineros de Moa han dejado huella en la Serie Provincial, y en cada barrio hay un bate de madera que late al compás de los partidos.
El macizo Nipe-Sagua-Baracoa abraza Moa, convirtiéndola en un rincón donde los senderos se pierden entre bosques y ríos. Más allá del bullicio de la ciudad, el Parque Nacional Alejandro de Humboldt —Patrimonio de la Humanidad— guarda secretos que solo conocen los que se adentran en sus senderos. Y si el mar es tu refugio, las playas de Yamanigüey ofrecen kilómetros de arena vacía, donde el único testigo de tu paso es el vuelo de las gaviotas.
Quien llega a Moa suele quedarse por dos cosas: el abrazo del mar o la dureza de sus montañas. Los mineros, los pescadores, los niños que juegan al béisbol en las calles empedradas. Cada uno tiene su propia versión de por qué este territorio —a veces áspero, a veces generoso— deja marca.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026