Sobre el chat de Güines
Los güineros son gente de tierra adentro, de esos que hablan claro y saben de sol y sudor. Aquí las calles no son anchas avenidas de asfalto reluciente, sino caminos que se encharcan con la lluvia y se llenan de polvo cuando el viento levanta la tierra roja de las vegas. Lo que más se nota es el olor a caña quemada y a guayaba madura en temporada, y ese aire quieto que solo se mueve cuando pasa el tren de la azucarera o cuando el Mayabeque se desborda tras un aguacero.
Por las tardes, el casco histórico de la villa —con su iglesia de San Julián, testigo desde 1735— se llena de vecinos que van y vienen sin prisa. Más allá del centro, en el barrio de El Cangre o en las afueras junto al río, la vida fluye entre la siembra de boniatos y el repique de los machetes en los bateyes. Los domingos, cuando se acaba la misa, no faltan las historias de los ingenios desaparecidos y las anécdotas de las cuatro cosechas anuales que dan fe de por qué Güines siempre fue y sigue siendo un granero de Cuba.
Si buscas hablar de la tierra sin filtros, aquí no hay postureo. Se compara el sabor de un plátano maduro recién cortado del Valle de Güines, se discute el estado de los caminos rurales y se recuerda, sin nostalgia barata, cómo el río Mayabeque arrastraba antes más barcas que turistas. En esta sala no se vende nada que no sea auténtico: ni recuerdos, ni promesas.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026