Sobre el chat de Cacocum
Cacocum huele a tierra mojada por las lluvias y a caña recién cortada cuando el sol aprieta al mediodía. Los cacocumenses —así se sienten antes que de Holguín— salen a la calle con la misma naturalidad con la que se quitan el sombrero: sin prisa pero sin pausa, como si el tiempo aquí tuviera otro compás.
Por las tardes, bajo la sombra de los almendros del parque central, se habla de lo que realmente importa: de las Verbenas de San Pedro, cuando el pueblo entero se llena de música y el olor a lechón asado se mezcla con el de la flor de yarey. Y del mamoncillo que cae de los árboles como un regalo ácido en julio, cuando el calor se hace más llevadero entre risas y cerveza bien fría.
La calle principal no tiene más secreto que el de ser un lugar donde todos se conocen. Aquí no hace falta presentarse dos veces: basta con mencionar el central azucarero Cristino Naranjo o la fábrica TAUBA para que alguien te cuente cómo era antes, cuando el pueblo olía a melaza y a sudor de trabajo. Eso sí, si alguien te invita a un refresco de tamarindo recién exprimido, no lo rechaces: es la única manera de entender por qué en Cacocum hasta el calor sabe a tradición.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026