Sobre el chat de Banes
Los banenses no se quedan en el umbral de la puerta: salen a la calle a sentir el salitre de la bahía mezclado con el calor húmedo que baja de la loma La Vigía. Aquí la vida no se mide en prisas, sino en el crujir de las olas contra los acantilados de la costa alta o en el rumor constante de las aves que anidan en los manglares de la bahía de Samá, donde el mar parece un río entre dos cerros.
En el centro, la gente se junta frente al museo —aunque no sea un museo al uso, sino un espacio que guarda las voces de quienes han hecho grande a Banes: desde José Alberto Alemany hasta las hermanas Cuesta López—. Allí, entre cuadros y objetos de la época taína, se habla de lo que realmente importa: el café recién colado que se sirve en los bares de la calle Martí, o las historias de los pescadores que vuelven con la captura del día mientras el sol se esconde tras el Pan de Samá.
Las tardes se alargan en las casas de cultura, donde el arte no es solo para mirar: se toca, se canta y hasta se pinta sobre lienzos que luego cuelgan en las galerías. Y si alguien quiere saber cómo huele Banes, basta con entrar en una fonda de la calle General García y pedir un plato de comida criolla: el sofrito que impregna el aire no engaña a nadie. Aquí el tiempo no es oro, es sal, sol y memoria.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026