Sobre el chat de Ayacucho
Las campanas de la Catedral de Ayacucho repican antes del amanecer, anunciando otro día en esta ciudad donde el tiempo parece detenerse entre sus plazas empedradas y sus casas de balcones tallados en madera de cedro. Aquí, en el corazón de los Andes peruanos, el aire huele a pan de bizcocho recién horneado en los hornos de San Cristóbal y al humo de los fogones donde se prepara la pachamanca, ese festín de carnes y tubérculos cocidos bajo tierra con hierbas aromáticas. No es raro ver a los vecinos de Belén o del barrio de Santa Ana cruzando la Plaza Mayor con sus sombreros de lana de oveja, mientras en el mercado de La Apacheta regatean los precios de la quinua y el maíz blanco que luego llevarán a sus casas.
Más allá del centro histórico, donde cada iglesia —como la de Santo Domingo o la de La Merced— guarda leyendas de santos y bandoleros, la ciudad se extiende hacia barrios como Acuchimay, donde las casas de adobe se pintan de colores vivos al atardecer. Los domingos, después de la misa, es típico tomar un trago de chicha de jora en las esquinas de la Plaza de Armas, mientras los músicos callejeros tocan huaynos con sus quenas y arpas. Y si cae la noche, en el barrio de San Juan de Dios, los puestos de anticuchos y tamales se llenan de estudiantes y obreros que buscan olvidar el frío con un plato humeante.
Última actualización: 18 de julio de 2026