Sobre el chat de Artemisa
Los artemiseños no necesitan que les digan dónde está el mejor sitio para tomar el sol: lo saben con solo asomarse a la acera. En este municipio, al suroeste de La Habana, la vida en la calle no espera a que anochezca. Los domingos, por ejemplo, la gente se junta en la plaza de la iglesia —inaugurada en 1825— sin necesidad de planearlo: llega el olor a café recién hecho y ya hay corrillos bajo los almendros.
La villa roja no es solo el color de sus suelos, sino también el de los trajes que lucen en la fiesta de San Marcos. Los vecinos de Artemisa saben que el patrono del pueblo no es solo una figura religiosa, sino un símbolo de identidad. Cuando la banda municipal toca al caer la tarde, hasta los más jóvenes se acercan a escuchar, porque aquí las tradiciones no se guardan en un museo: se viven cada vez que el San Marcos Evangelista sale a procesión.
Al caer el sol, la conversación en la sala puede cambiar de tercio: alguien pregunta por el Café Angerona, aunque ya no queden cafetales en pie. Otros prefieren hablar de cómo era el pueblo cuando el ferrocarril unió Artemisa con Pinar del Río y La Habana, o de los mercados de Las Cañas, donde antes se vendía tabaco de la mejor calidad. Aquí no hace falta inventar historias: basta con mencionar el nombre de un barrio o el de un poblado como Pijirigua para que salte la memoria colectiva.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026