Sobre el chat de Abancay
Los abanquinos no se andan con rodeos: en esta ciudad de 2.500 metros de altura el carácter se mide a la sombra del Monumental de Condebamba, donde los domingos el hincha local vibra con el clásico entre Deportivo Educación y Miguel Grau. La calle aquí no es un trámite, es un escenario donde el olor a pan recién horneado en el mercado se mezcla con el rumor de las máquinas de sericultura, esa industria que hace que el hilo de seda del valle sea más famoso que el algodón.
Cuando cae el sol en enero, la ciudad se paraliza: el Señor de la Caída baja en procesión por calles empedradas mientras los abanquinos corean al ritmo de las bandas de música. En febrero, el Carnaval Abanquino tiñe de morado y amarillo las plazas, y hasta el aire huele a chicha morada y a los duraznos del valle del Pachachaca, esos que aquí se llaman *pachachaqueños* por su dulzor único.
La vida no se vive entre cuatro paredes. En el valle, a más de 3.000 metros, los nogales y los manzanos dan sombra a los senderistas que buscan el microclima perfecto para entender por qué aquí las frutas saben a otra cosa. Y si te quedas hasta octubre, no te pierdas cómo la Virgen del Rosario recorre la ciudad entre flores y promesas, mientras en las afueras los camiones cargados de cobre dejan su polvo en la carretera que lleva a las minas.
Última actualización: 8 de agosto de 2026