Sobre el chat de Talagante
Nadie se acuerda de que Talagante significa «lazo de hechicero» en quechua, un nombre que le dieron los incas al hombre que gobernaba el valle en tiempos de la llegada de los españoles. Hoy, esa herencia se mezcla con el bullicio de una ciudad que late al ritmo de sus deportes: en el estadio Lucas Pacheco Toro se juega fútbol de Tercera A, mientras el skatepark del parque Octavio Leiva atrae a riders con sus rampas para BMX. No es solo un pueblo: es un territorio donde el pasado y el movimiento conviven en cada esquina.
La piscina Tegualda y el gimnasio Roberto Torres Miranda son los otros dos escenarios donde Talagante se mueve: los niños aprenden natación en la primera, y en el segundo, los jóvenes practican taekwondo o gimnasia artística. No hay que buscar más allá de estas paredes para entender su identidad. La economía, antes basada en las grandes haciendas y la alfarería colonial, hoy reparte su esfuerzo entre tiendas, talleres y cultivos de cereales, pero sigue siendo ese Talagante de siempre: el que trabaja la tierra sin olvidar sus tradiciones.
Si pasas por aquí, fíjate en los detalles: el imponente estadio donde los vecinos vibran con cada partido, o el Skatepark donde el viento arrastra risas entre saltos. No hay que inventarse nada: Talagante es así, sin adornos. Aquí la gente no habla de lo que podría ser, sino de lo que ya es: un rincón de la Región Metropolitana con alma propia.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026