Sobre el chat de Santa Cruz del Quiché
Santa Cruz del Quiché huele a leña quemada y a maíz tostado desde que el sol asoma sobre los cerros. Por aquí se mueven los quichés con paso firme, mientras los vendedores pregonan desde temprano las primeras tortillas de maíz blanco en los puestos callejeros. El aire es fino y cortante, como si el viento arrastrara historias de los antepasados que aún se sienten en el mercado al aire libre, donde entre mulas y mototaxis se regatea el precio de los aguacates.
La ciudad se expande en calles empinadas que suben y bajan entre casas de adobe y techos de lámina, todas con ese tono terroso que solo da el clima templado de esta altitud. Alrededor de la plaza central, los puestos de artesanías exhiben tejidos de lana de oveja y cerámica negra, mientras los niños juegan entre los bancos de piedra. Por las tardes, cuando el frío se vuelve más punzante, los vecinos se refugian en las fondas a probar el *caldo de pollo con chipilín*, un plato que aquí se sirve espeso y humeante, con ese toque a hierba fresca que lo hace único.
Los domingos, la plaza se convierte en un hervidero de colores: las mujeres con sus trajes bordados de rojo y azul venden hierbas medicinales, y los hombres discuten de fútbol en grupos separados, entre risas y el olor a café recién colado que sale de los puestos ambulantes. Aquí no hay prisa, pero tampoco silencio; el murmullo constante de las conversaciones se mezcla con el sonido de los motores de las motos que suben y bajan la cuesta hacia el centro.
Última actualización: 3 de septiembre de 2026