Sobre el chat de Ronda
El Puente Nuevo cruza el vacío del Tajo en Ronda, 100 metros sobre el río Guadalevín que serpentea entre las rocas. Desde ahí se ve cómo la ciudad antigua se funde con la moderna, un corte limpio entre siglos que atrae a curiosos y fotógrafos por igual. No es raro que quienes pasan por el mirador se queden un rato más, midiendo con la mirada esa caída que parece desafiar la gravedad.
La Semana Santa aquí no es solo procesiones: es un latido que marca el ritmo de la ciudad cuando el primer plenilunio de la primavera ilumina las calles. Las cofradías salen con sus pasos, y el olor a incienso y azahar se mezcla con el aire fresco de la Serranía. Mientras, en las mesas cercanas, no faltan los platos de caza que han dado fama a la cocina rondeña: la perdiz al tajo —asada en el mismo balcón de piedra donde el Tajo se asoma— o el conejo a la rondeña, un guiso que huele a monte y a tradición.
Más allá del bullicio turístico, en los talleres de la ciudad se trabaja la madera con un estilo propio, heredado de los carpinteros que restauraron la Casa del Rey Moro. Aquí los muebles de castaño y nogal no son muebles, sino piezas con historia tallada a mano. Y si el ruido de la ciudad cansa, basta pasear hasta el Palacio de Mondragón, donde las piedras guardan siglos de secretos entre sus muros.
Última actualización: 9 de septiembre de 2026