Sobre el chat de Pivijay
El viento que llega desde el Caño Ciego trae el olor a yuca tostada y a pescado frito, mientras el sol se refleja sobre los arenales que rodean Pivijay. Aquí no hay mar abierto, pero el río Magdalena y sus caños—como el Ciego—definen el paisaje: aguas tranquilas que serpentean entre palmeras y llanuras que se inundan cuando el invierno arrecia.
En las calles del casco urbano, la iglesia colonial del siglo XVIII sigue en pie, con su fachada desgastada por el tiempo pero firme como el bollo de yuca que se vende en la plaza. Los patacones con queso o suero son un clásico en cualquier esquina, y si tienes suerte, alguien te ofrecerá huevos de iguana o guiso de hicotea—platos que no se ven en cualquier parte.
Cuando cae la tarde, el festival provinciano de acordeones llena el aire de vallenatos, y los más jóvenes bailan al ritmo de los parches. Medialuna, ese otro núcleo que nació con familias misioneras, conserva su aire tranquilo, pero el bullicio de Pivijay no se detiene: aquí la gente charla hasta que la luz se apaga sobre los arenales.
Última actualización: 6 de agosto de 2026