Sobre el chat de Molina
En Molina, las calles huelen a uva temprana y a tierra mojada de riego cuando llega el atardecer. Los molinenses —así se llaman— caminan con ese ritmo pausado de pueblo donde el trabajo del campo marca el compás, pero sin perder el saludo o el gesto de reconocimiento entre vecinos. La estación del tren, abierta en 1874, sigue siendo un punto de referencia: allí donde antes paraban los vagones de carga, ahora se cruzan historias entre quienes bajan del bus o pasan en bicicleta hacia los viñedos cercanos.
La hacienda Quechereguas, donde se gestó el pueblo en 1834, dejó su huella más allá de los libros de historia: hoy, sus tierras son parte de los viñedos que dan cuerpo a vinos como los de Viña Concha & Toro o Viña San Pedro Tarapacá. Si paseas por el centro, verás cómo el comercio local se mezcla con la oferta de exportadoras: desde bodegas boutique hasta puestos que venden cerezas de temporada, sin necesidad de etiquetas caras ni modas pasajeras.
Por las tardes, cuando el sol se esconde tras los cerros, los molinenses se reúnen en la estación o en los accesos a los predios frutales. No hay una fiesta oficial que marque el ritmo —aunque el vino y las cosechas sí—: aquí lo auténtico es el encuentro espontáneo, el compartir un par de copas de vino de la zona o discutir sobre el mejor punto para ver el amanecer entre los viñedos.
Última actualización: 11 de septiembre de 2026