Sobre el chat de Flandes
Los flamencos no pasan desapercibidos: el sol pega fuerte en la ribera del Magdalena y aquí la gente lo aprovecha. No es raro ver a los más mayores contando historias junto a las barcazas, mientras los niños corren entre los puestos de manjar blanco y achiras recién hechos. La calle huele a guayaba madura y a diesel de los vuelos que despegan del Santiago Vila, un ir y venir que define el ritmo del pueblo.
La fiesta más esperada llega el 5 de enero, cuando se encienden las luces del Reinado Departamental del Alto Magdalena y el pueblo entero se vuelca en las calles. No hace falta buscarla: el ruido de la tambora y el olor a carne asada llegan desde cualquier esquina. Quien no ha probado el dulce de guayaba de Flandes no sabe lo que se pierde; se vende en las tiendas del centro, envuelto en papel de estraza y con ese punto ácido que lo hace único.
Lo que más sorprende a los forasteros es el contraste entre el bullicio del puerto y la tranquilidad de las Islas del Sol, esas manchas de piedra que emergen del Magdalena como si el río las hubiera esculpido. Algunos se acercan para pescar o simplemente para sentarse a ver pasar las canoas, pero todos terminan preguntando lo mismo: ¿cómo no se conoce antes este lugar?
Última actualización: 9 de agosto de 2026