Sobre el chat de Caucasia
El Bajo Cauca se estira como un llano verde entre el río Cauca y las lomas del Paramillo, donde el aire pesa a mediodía y el atardecer dibuja reflejos dorados sobre el agua. Aquí, en Caucasia —a 150 metros sobre el nivel del mar—, el monzón no avisa: llega sin prisa pero se queda, empapando calles y sembrando molinos que giran al ritmo de la corriente.
La tierra huele a pasto fresco y a leña quemada, pero también a oro y a pescado frito. En enero y febrero, cuando el bocachico remonta el Cauca en la subienda, los puestos de los muelles se llenan de escamas y risas, mientras en diciembre las corralejas levantan polvo en la plaza y las cornetas anuncian las fiestas patronales de la Inmaculada Concepción. No es un pueblo cualquiera: es el cruce de caminos que une a Córdoba con los municipios mineros de Nechí y El Bagre, donde el comercio de ganado y los mercados de artesanías marcan el pulso de cada semana.
Por las noches, en los bares del centro o junto al malecón, la conversación va de la trova paisa a los mejores sitios para probar un envuelto de choclo recién sacado de la olla. Algunos hablan del zooparque, donde los caimanes se asoman entre la vegetación, pero casi todos acaban contando historias del río o del Alto del Olvido, ese monte que vigila desde las afueras. Aquí el clima no perdona, pero la gente sí: ajusta horarios, reparte sombreros de paja y sigue adelante.
Última actualización: 9 de agosto de 2026