Sobre el chat de Arcos de la Frontera
Desde la Puerta de Jerez hasta el mirador del Picacho no hay más que 15 minutos a pie, pero el cambio de perspectiva te deja sin aliento. El casco histórico de Arcos —con sus casas colgadas sobre la peña y la silueta de la iglesia de Santa María de la Asunción clavada en la roca— parece un lienzo renacentista que se resiste a ser solo postal. Eso sí, cuando anochece y se encienden las farolas bajo los arcos de la plaza del Cabildo, el ambiente se vuelve más vivo que en la verbena de San Miguel: los bares de tapas se llenan de olores a berza y queso payoyo, y hasta el eco de los guitarrones se cuela entre las calles empedradas.
Si no has probado el *tortillón de camarones* en la freiduría de la calle Nueva o no te has asomado al atardecer desde la Cuesta de la Corredera, aquí hay quien te dirá que no has visto Arcos. Los más mayores aún se acuerdan de cuando el pueblo se llenaba dos veces al año: una, por la romería de la Virgen de las Viñas (con sus carretas engalanadas y el cante por seguidillas); otra, por la feria de septiembre, cuando hasta los niños saben que el *mosto* nuevo no se toca hasta que el alcalde lo prueba en la plaza. Eso sí, si te gusta madrugar, no te pierdas el mercado de los jueves en la plaza de España: allí el pan de pueblo aún huele a leña y el queso de los payoyos se corta con cuchillo de sierra.
Última actualización: 10 de julio de 2026