Sobre el chat de Taxco de Alarcón
Taxco de Alarcón se desparrama entre cerros como un pueblo que se niega a rendirse al tiempo. Lo rodean montañas verdes hasta donde alcanza la vista, y las calles de su centro histórico suben y bajan como si el relieve se hubiera colado en el trazado urbano. No hay mar que lo bañe, pero el aire huele a tierra mojada cuando llegan las lluvias de verano, esas que pintan de verde los cerros y convierten las noches en un frescor inesperado.
Entre los edificios de estilo virreinal —algunos aún guardan el eco de las cofradías que arrastran cadenas tras el Cristo del Santo Entierro— la platería brilla más que el sol del mediodía. No es casualidad que el INAH declare este centro histórico como patrimonio: las fachadas de colores chillones, los balcones de madera tallada y los talleres donde el martillo golpea la plata al ritmo de décadas pasadas hacen que caminar por aquí sea como hojear un álbum de fotos antiguas.
Cuando cae la tarde, el olor a café de olla se mezcla con el de las tortillas recién hechas en algún puesto callejero. Los empinados callejones se llenan del murmullo de quienes van y vienen, y si tienes suerte, verás pasar a alguna cofradía con sus penitentes encapuchados y sus cadenas arrastrándose sobre el empedrado. Eso, si no prefieres quedarte en una mesa de madera, pidiendo un plato de enchiladas mineras con su salsa verde brillante y trozos de queso fresco.
Última actualización: 7 de septiembre de 2026