Sobre el chat de Potosi
El aire en el cerro Rico huele a tierra mojada y a dinamita fría, incluso cuando el sol quema en la plaza 10 de Noviembre. Los que pasamos por Potosí llevamos el polvo de sus calles empedradas pegado a los zapatos, y eso que allí arriba los días son cortos y las noches heladas. Los domingos, cuando los mineros bajan de las galerías con sus lámparas de carburo todavía encendidas, la ciudad parece respirar: el olor a *sopa de maní* que hierve en los puestos callejeros se mezcla con el humo de los braseros donde venden *api* con buñuelos. Si no has probado el *picante de pollo* con su ají colorado y papas deshidratadas, no entiendes por qué los potosinos repiten la frase «aquí hasta el aire sabe a metal».
Más allá del centro, en barrios como San Clemente o Miraflores, las fachadas de adobe guardan historias de la colonia: balcones de madera tallada que se inclinan como si el tiempo los hubiera vencido. Por las tardes, cuando el viento baja desde el altiplano, los niños corren hacia la cancha de fútbol junto al río donde la selección local juega con camisetas descoloridas. Y si cae la noche, el cielo sobre Potosí parece un mapa de constelaciones que solo los viejos mineros saben leer. ¿Vienes a charlar con gente que conoce el frío de 4.000 metros o a preguntar por la ruta menos turística hacia el cerro?
Última actualización: 17 de julio de 2026