Sobre el chat de Monclova
En Monclova el sol quema el asfalto en verano y en invierno el viento helado obliga a buscar refugio, pero aquí la gente no se queja: sale a la calle igual. Los monclovenses —ahí no les gusta que les llamen de otra forma— caminan por el centro con paso firme, como si el ritmo lo marcara el acero que alguna vez rugió en las acereras. Entre el bullicio de los camiones que pasan cargados por la carretera y el murmullo de los comercios en la zona comercial, la ciudad respira su carácter industrial con nostalgia.
Por las tardes, cuando el calor se aplaca un poco, los ojos de agua del río Monclova recuperan su brillo y la gente se acerca a pasear. En el Museo El Polvorín, construido en 1781, aún se ven los troncos donde amarraron a los insurgentes cuando fueron capturados aquí mismo. Y si la noche se alarga, el Festival de la Grande atrae a miles: grupos como La Arrolladora Banda El Limón llenan la ciudad con música que retumba hasta el amanecer.
Las unidades deportivas de AHMSA, con su estadio de béisbol y pistas de atletismo, son el orgullo de los barrios obreros. Allí los niños juegan al fútbol bajo el sol implacable, mientras en el Teatro de la Ciudad, con sus mil butacas, las obras y eventos culturales mantienen viva la escena local. Monclova no es un pueblo cualquiera: aquí el acero forjó su identidad, pero el desierto y sus manantiales guardan el alma del lugar.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026