Sobre el chat de Jalostotitlán
Entre los Altos de Jalisco, a mil setecientos sesenta y tres metros de altura, Jalostotitlán respira esa mezcla única de tierra seca y cielo raso que define su clima. Los jalostotitlenses —así llaman a sus habitantes— se reconocen en el trato cercano, en las charlas que se alargan bajo el sol de junio o en el silencio fresco de enero, cuando el termómetro cae hasta los cuatro grados. Aquí las conversaciones no empiezan con presentaciones largas, sino con un "¿qué es de tu vida?" que suena a casa ajena. No hace falta pasear por la calle para sentir el ritmo: basta con fijarse en cómo los murales de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción —pintados por Rosalío González y Leonardo de la Mancha— cuentan la historia del lugar con trazos que saltan del lienzo a la acera.
Lo que más se habla en Jalostotitlán es de lo que se vive: de los domingos en el mercado, donde el olor a maíz y cerdo asado se mezcla con las risas de los niños; de las tardes en que el maguey tequilero marca el compás de las cosechas; o de ese poeta local, Alfredo R. Placencia, cuyo "Ciego Dios" sigue siendo recited en las fiestas de pueblo como si el tiempo no hubiera pasado. Pero si algo define esta plaza es el mural del Palacio Municipal, obra de Alfredo Soto, que recorre escalera arriba con escenas de labranza y peregrinaciones. No es un simple adorno: es el espejo de una comunidad que se sabe entre cuevas de arena y leyendas tecuexes.
Y si el tema se agota, siempre queda lo que no se dice: el orgullo de ser cuna del insurgente José María González Hermosillo, o el sabor a chile de árbol que acompaña hasta el más humilde plato de frijoles. Aquí no se pierde el tiempo en explicaciones; se gana en anécdotas que huelen a leña quemada y a pan recién horneado en los hornos de leña que aún resisten en las afueras.
Última actualización: 8 de agosto de 2026