Sobre el chat de Hidalgo del Parral
En Parral el sol quema como si el cielo se hubiera olvidado de que estás a mil setecientos metros de altura. Los parralenses lo saben: aquí se sale a la calle con el mismo ánimo con el que se afronta una faena —el quehacer de la mina, el sudor en el campo o el lanzamiento al plato en el diamante de béisbol de la Liga del Norte—. No es raro cruzarse con alguien que te saluda llevando una gorra de los Dorados de Chihuahua o con el nombre de algún boxeador local tatuado en el brazo.
La plata sigue bajo sus pies, aunque hoy sea el boxeo o el béisbol lo que encienda las conversaciones en las esquinas de la calle Juárez. Cuentan que la mina «La Negrita» debe su nombre a que la plata, al salir, queda negra como el carbón, pero lo que brilla en las charlas es la memoria de esos medalleros olímpicos que llevan el orgullo de Parral a cuestas. Hasta el viento parece traer ecos de los caballos de Humberto Mariles o los golpes de Jesús Chávez cuando el aire sopla desde el suroeste a finales de invierno.
Por las tardes, cuando el calor afloja, los parroquianos se reúnen en los portales de la plaza principal para hablar de todo menos del frío que a veces hiela hasta los huesos. Aquí la gente no pregunta de dónde vienes, sino cuánto tiempo llevas en la ciudad; y si te quedas, pronto te darán un taco de asado con chile pasado o te contarán cómo fue la última nevada, que aunque rara, siempre deja huella en las calles del centro.
Última actualización: 7 de septiembre de 2026