Sobre el chat de Coyoacán
Al sureste de la cuenca, donde el aire se espesa con el aroma a tierra mojada y el eco de los coyotes aún resuena en el nombre, se alza Coyoacán. Un valle rodeado de montañas de basalto, testigo de erupciones antiguas, donde la mancha urbana convive con verdes oasis como los Viveros o Ciudad Universitaria, reconocida por la UNESCO. Aquí el paisaje no se olvida: el Zacatépetl, con sus 2.420 metros, vigila desde el suroeste mientras el Pedregal de San Ángel guarda secretos de lava solidificada.
En Coyoacán no solo se camina entre calles empedradas y casas bajas, sino entre historias que se respiran. La Banda Sinfónica, formada por músicos de orquestas nacionales, lleva la música clásica y popular a plazas y escuelas, como si cada nota se colara por las avenidas empedradas. Y en el centro del emblema municipal, el glifo del coyote con su círculo en el vientre recuerda que este lugar fue, antes que colonia, un territorio de dueños de coyotes.
Quien llega a Coyoacán suele quedarse por el contraste: la calma de sus parques —como los Viveros, donde el rumor de los árboles ahoga el ruido de la ciudad— frente a la efervescencia de sus colonias. Aquí se mezclan estudiantes de la UNAM, familias de Santa Úrsula Coapa y vecinos de Culhuacán, todos bajo el mismo cielo a 2.256 metros de altura.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026