Sobre el chat de Coatepec
Los coatepecanos salen a la calle con ese aire de pueblo que no se pierde ni bajo la lluvia. La plaza central, con sus portales de piedra volcánica, huele a café recién molido y a tamales de dulce que se venden en los puestos de la acera. Por las tardes, el clima templado-húmedo invita a caminar hasta la parroquia de San Jerónimo, donde el eco de las campanas mezcla con el rumor de los ríos cercanos: el Pixquiac y el Pintores, que bajan desde las laderas del Cofre de Perote.
La fiesta aquí se mide en aromas más que en horas. En las casas se preparan gorditas de horno rellenas de queso o frijoles, y en las calles no faltan los helados de frutas locales ni los bombones de café que se deshacen en la boca. Los domingos, las acamayas —langostinos de río— se sirven en salsa de chipotle en los fondines del centro, mientras los niños corren entre los puestos de nieves y churros azucarados.
La Hacienda de La Orduña, con sus trojes de secado y patios empedrados, recuerda que este pueblo fue antes un granero de azúcar y ahora lo es de café. Los artesanos tallan cajas de madera de cafeto en las afueras, y en las ferias se ven collares hechos con granos tostados colgando en los puestos. Si pasas por Coatepec, siéntate en una banca de la plaza y pide un café de olla: el primer sorbo te dirá por qué le dicen la capital del café.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026