Sobre el chat de Burriana
Burriana huele a salitre y a naranja cuando el sol cae sobre los campos que abrazan la ciudad. En esta línea de costa de la Plana Baja, entre el Mediterráneo y los naranjales que le dan vida, la gente se junta para charlar de lo que importa: las fiestas de septiembre con la Virgen de la Misericordia, el aroma a leña quemada en las fallas plantadas desde los años veinte, o el silencio de la playa de El Arenal al atardecer, cuando el viento trae las olas hasta la arena fina.
El centro de la ciudad late alrededor de la plaza de la Mercé, donde hace décadas se alzaron las primeras fallas burrianenses. Más allá, el puerto antiguo —ahora dedicado a la pesca— guarda el recuerdo de cuando los cítricos se embarcaban hacia otros puertos. Y si lo que buscas es cultura, el Museo Archivo de la Naranja guarda más de cinco mil marcas de naranjas y documentos que explican por qué este municipio es clave en la historia agraria valenciana.
En las mesas de los bares se habla de paella, de coents dulces o de las chuletas a la brasa que aún se sirven en Nochebuena. Aquí no hace falta inventar nada: Burriana ya tiene su propia identidad entre el mar, los campos y las tradiciones que se repiten generación tras generación.
Última actualización: 2 de septiembre de 2026