Sobre el chat de Bañolas
Bañolas huele a geranios y a agua quieta cuando el viento se calla al atardecer. Los banyolins —así se llaman sus vecinos— salen a pasear por las calles que bordean el lago como si fuera su salón trasero: sin prisa, pero sabiendo que el tiempo se mide aquí por el ritmo de las olas contra el muelle.
En el centro, la gente se junta frente al lago, no en una plaza cualquiera, sino en el espacio abierto que lo rodea; allí se ve al mercader de la terraza de la fonda hablar con el pescador de caña mientras los niños corren hacia el agua. Más allá, los barrios de Puigpalter o Mas Riera tienen casas de piedra que guardan el eco de los pastores que bajaban de los Pirineos, y en las afueras, los cerros de la Virgen del Monte o la sierra de Rocacorba dibujan un paisaje que parece sacado de un cuadro de primavera.
Lo que más sorprende es cómo conviven el lago —con sus barcas de remos y sus leyendas de aguas profundas— y la vida de pueblo, donde la gente se reconoce en la calle y sabe de memoria dónde está la bodega que sirve el mejor *suquet de peix* después de la fiesta de Sant Martí, cuando el olor a leña y a fritura inunda el aire.
Última actualización: 8 de agosto de 2026