Sobre el chat de Acámbaro
En Acámbaro la carne de res se deshace en el guisado de chile seco, y el arroz queda impregnado de ese toque ahumado que solo da el fogón local. Aquí hasta los tamales tienen sabor a maíz fresco y a tradición purépecha, como esos huchepos que se comen con atole en las mañanas frías de los Valles Albajeños. Y no hablemos de los charales del Lerma, fritos y crujientes con su limón al lado: un bocado que resume por qué la cocina acambarense es de las más ricas del centro del país.
La ciudad huele a pan recién horneado cerca del Templo del Hospital, esa mole franciscana que los indígenas levantaron con sus propias manos hace siglos. Desde el cerro Prieto se ven los campos verdes que el río Lerma riega con agua de la Presa Solís, y en invierno el viento helado baja de la sierra de los Agustinos para recordarte que estás a 1.860 metros sobre el mar. Acámbaro no es solo un punto en el mapa: es ese lugar donde la historia, la gastronomía y el paisaje se mezclan sin pedir permiso.
Si te gusta el menudo de res con su caldo espeso o prefieres los chiles rellenos bañados en salsa de tomatillo, en esta sala darás con alguien que sabe exactamente de qué estás hablando. Aquí se habla de la Presa Solís como si fuera el mar de Acámbaro, y de los huchepos con la misma pasión con que se habla de las heladas de enero que pintan de blanco las calles del centro.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026