Sobre el chat de Victoria
En Victoria no hay prisa, pero el picadillo sí. Ese guiso de carne picada con plátano verde, que hierve en las cocinas de las casas los fines de semana, huele a fiesta antes de que empiece. Lo sirven en las mesas largas los domingos, cuando los vecinos se juntan para hablar de la semana y de lo que viene: el viento caliente que baja de la montaña, la llegada de los camiones con mercancía al mercado, o los planes para la fiesta del 2 de septiembre, cuando se recuerda cómo este pueblo dejó de llamarse Morillos para ser Victoria.
El río Sulaco no pasa por el centro, pero su presencia se nota en el aire húmedo y en las historias que trae el agua cuando crece. Los más mayores dicen que antes los bancos del río eran el sitio donde los jóvenes se reunían para cortejar, antes de que los faroles de keroseno se apagaran para siempre. Hoy, en las tardes, los niños corren entre las calles empedradas que suben hacia la iglesia, mientras los adultos discuten de fútbol en las esquinas y de los precios del maíz en la plaza.
Hay quien llega a Victoria buscando paz, y se queda por la gente. Los que viven aquí no son de hablar mucho, pero cuando lo hacen, te cuentan del picadillo como de un secreto familiar, o te señalan el sitio exacto donde antes estaba la antigua casa del alcalde Morillos. No es un pueblo de grandes monumentos, pero sí de detalles que solo conocen los de aquí: el olor a leña quemada por la mañana, el sonido de las campanas a mediodía, o la forma en que el sol se esconde tras el cerro cuando cae la tarde.
Última actualización: 7 de agosto de 2026