Sobre el chat de Perote
La luz del atardecer se filtra entre los picos del Cofre de Perote, la mole que corona el horizonte, mientras Perote se estira sobre la altiplanicie. La ciudad respira entre el bullicio de sus calles y el silencio de las faldas volcánicas, donde el viento arrastra historias de un pasado minero y militar. No es raro que los viajeros se detengan en la Fortaleza de San Carlos, ese bastión del siglo XVIII que aún guarda ecos de los soldados que custodiaron el Camino Real a México.
Septiembre huele a naranja quemada y a cohetes: el 29, San Miguel Arcángel, patrón del pueblo, se viste de fiesta con procesiones que serpentean desde la iglesia mayor hasta la plaza. Pero Perote no vive solo de tradiciones: la Caja de Agua, un rincón al pie del Cofre, congrega a cientos cada 3 de mayo, día de la Santa Cruz, cuando la gente se aleja del centro para celebrar bajo los pinos.
La gente de aquí no necesita excusas para hablar de su tierra. Los más mayores aún recuerdan el día que el tren hacía escala en la estación, antes de que el tiempo se lo llevara todo. Hoy, la economía se reparte entre lo que crece en los valles —maíz, café— y lo que se fabrica más allá del parque industrial. Pero eso no quita que, al caer la tarde, el aroma a pan recién horneado en las panaderías del centro se mezcle con el olor a tierra mojada de las montañas.
Última actualización: 7 de agosto de 2026