Sobre el chat de Ojinaga
Elío la franja del río Bravo, donde el Conchos se funde con sus aguas, y la tierra se quema bajo un sol que en verano no perdona. Ojinaga respira ese aire seco del desierto chihuahuense, pero con el rumor constante del río que le dio nombre y vida. Aquí el paisaje no engaña: meseta árida, horizontes amplios y un calor que se pega a la piel como el polvo a las botas.
La historia late en cada esquina, desde los días en que Álvar Núñez Cabeza de Vaca pisó estas tierras buscando el camino a México, hasta el legado de Manuel Ojinaga, el militar liberal whose nombre lleva la ciudad. Si cruzas el puente hacia Presidio, en Texas, verás cómo el tiempo se dobla entre dos países, pero el corazón de Ojinaga late con su propia cadencia: las misiones franciscanas que llegaron en el siglo XVII dejaron más que piedras, dejaron una huella que aún se siente en el aire.
Quien pasa por aquí no olvida el sabor a tierra mojada después de una de esas lluvias escasas que riegan el desierto. O la noche cuando el frío aprieta y el termómetro baja hasta donde no debería, como si el invierno quisiera recordar que, pese al calor, este lugar no es para blandos. Si quieres hablar de cómo se vive entre extremos, de un pueblo que mira al río pero vive de espaldas al desierto, este es el sitio.
Última actualización: 7 de agosto de 2026