Sobre el chat de Montreal
Si cruzas el puente de Jacques-Cartier al atardecer, verás por qué Montreal no se parece a ninguna otra ciudad norteña. La silueta de la torre del reloj de la Vieja Montreal se tiñe de rojo cuando el sol se esconde tras los rascacielos, mientras en el Vieux-Port los artistas callejeros convierten el paseo marítimo en un escenario improvisado. Aquí no hay prisa: el ritmo lo marca el sonido de las campanas de Notre-Dame-des-Victoires o el olor a pan recién horneado que sale de las panaderías de Saint-Denis, donde hasta las colas parecen una fiesta.
Más allá del centro, el Plateau-Mont-Royal bulle con su mezcla de edificios de ladrillo rojo y grafitis que cuentan historias de resistencia. En invierno, la ciudad se transforma en un laberinto de luces y chimeneas humeantes, con trineos deslizándose por el Mount Royal en días de nieve recién caída. Pero si prefieres el bullicio, el mercado Jean-Talon es el lugar: entre puestos de sirop d’érable fresco y quesos de granja, los quebequenses discuten de política entre bocados de smoked meat del Schwartz’s Deli, un clásico que lleva más de 90 años en pie.
Última actualización: 3 de agosto de 2026