Sobre el chat de Galapagar
Las laderas del Guadarrama abrazan a Galapagar, donde el aire se espesa con el aroma de los fresnos junto al río. Aquí no hay mar que murmure, pero sí vientos que traen ecos de la sierra y veranos que queman como en ningún otro sitio de la meseta. En invierno, cuando la temperatura baja como en un pueblo de montaña, los vecinos se refugian en el polideportivo o salen a pasear por el parque del Curso medio del río Guadarrama, donde las jaras y los enebros dibujan un paisaje que no engaña a nadie: esto es Madrid, pero con otra piel.
Cuando septiembre huele a fiesta, el pueblo se llena de color con las patronales del Santísimo Cristo de las Mercedes. No hace falta buscar el bullicio: los campeonatos deportivos y los conciertos retumban en cada rincón, desde el velódromo —el único cubierto de la Comunidad— hasta las calles donde la gente se arrima a ver los pasos de la Semana Santa. Entre ellos, los ocho de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad o los de la Hermandad del Gran Poder, que sacan a la Virgen entre el murmullo de quienes conocen cada esquina de este municipio perdido entre montañas.
En Galapagar no hay prisa por llegar ni por irse. Los de fuera lo notan al instante: aquí el tiempo se mide por el sol que se esconde tras el cerro o por el momento en que el Club Ciclista local se prepara para otro campeonato en el velódromo. Si te gusta el monte sin multitudes o el deporte al aire libre sin aglomeraciones, este no es un pueblo cualquiera. Ni un lugar de paso.
Última actualización: 7 de agosto de 2026