Sobre el chat de Catemaco
Los catemacos no pasan desapercibidos. Aquí la calle respira lago: el olor a pescado fresco se mezcla con el de las hierbas que venden en los muelles, donde los barcos turísticos y pesqueros se apiñan bajo el sol. No es raro ver a los locales sentados en los escalones de la Basílica de Nuestra Señora del Monte Carmelo, con la laguna de fondo como testigo mudo de sus conversaciones.
El paseo marítimo de 1,5 km borda el lago, y en él se agolpan los puestos de tegogolos —el caracol de agua dulce que aquí se come en caldo— y los chamanes con sus amuletos. Los domingos, la plaza principal se llena de familias que van a misa, pero también de turistas que buscan el sabor de la cocina local en algún puesto callejero. Catemaco huele a agua estancada y a madera vieja, a tradiciones que se resisten a desaparecer entre el bullicio del turismo.
Por las noches, el rompeolas se enciende con faroles de colores y la música de los bares se cuela entre los árboles. No es un pueblo donde se vive en silencio: aquí hasta el viento trae historias, y los chismes vuelan entre los muelles y la plaza como las aves que anidan en los manglares cercanos.
Última actualización: 7 de agosto de 2026