Sobre el chat de Berriozábal
Aquí se vive a 900 metros sobre el nivel del mar, donde el aire templado y las lluvias de junio a octubre marcan el ritmo. Los berriozabalenses —gente trabajadora y de trato cercano— salen a la calle con el olor a tierra mojada en el invierno y el calor pegajoso en el verano, mientras los vientos del norte traen noticias frescas del mercado dominical.
La fabricación de hamacas sigue siendo un sello de identidad, herencia de cuando el ixtle y el henequén dominaban el paisaje. En las tardes, el comercio fluye en los puestos callejeros, y si coincide con temporada, no faltan quienes compran mazorcas de maíz recién cosechadas o sorgo para el ganado. El ambiente se llena de voces entremezcladas con el rumor del viento, típico de un lugar donde el tiempo se mide por el sol y las lluvias.
Berriozábal no tiene prisa: ni en la ganadería, ni en las siembras, ni en las conversaciones bajo los techos de lona de sus hamacas. Aquí el día a día huele a campo y a tradición, con ese sabor que solo se entiende cuando se camina por sus calles y se escucha cómo el nombre de la ciudad suena en boca de sus vecinos.
Última actualización: 7 de agosto de 2026