Sobre el chat de Barberá del Vallés
El domingo por la mañana, en el paseo junto al río Ripoll, los perros ya hacen cola antes de que empiece la bendición de mascotas en las Vueltas de San Antón. No es extraño que el olor a pan recién horneado llene las calles el Lunes de Pascua, cuando los vecinos se reúnen para honrar el pan como símbolo de la Pasión. Barberà tiene ese don de convertir lo más cotidiano en fiesta: el primer fin de semana de julio, los castillos humanos se alzan sobre el suelo llano del Vallès, y los fuegos artificiales dibujan un cielo que los barberenses reconocen al instante.
Más allá de las celebraciones, el terreno casi horizontal de la localidad —con su terraza fluvial junto al Ripoll— regala mañanas de niebla espesa en invierno, como si el pueblo se vistiera de misterio antes del desayuno. Al otro lado, en el Puig dels Tudons, la sierra de la Salud ofrece una vista que domina el llano, donde el llanto de las torcaces se mezcla con el rumor de la autovía que conecta con Barcelona. Aquí no hay cuestas que suban, solo calles que cruzan este pedazo de Vallès sin prisa.
¿Sabes por qué los barberenses insisten en llamar al río por su nombre, Ripoll, y no como si fuera un arroyo cualquiera? Quizá porque lleva siglos siendo testigo de sus Tres Tombs, de sus panes bendecidos y de esos castells que no se hacen en cualquier sitio. Si cruzas la autovía hacia el norte, verás los almacenes que dan vida al sector logístico; si vas hacia el sur, encontrarás las chimeneas de las industrias químicas que conviven con las casas bajas del casco antiguo. Barberà no es solo un pueblo: es un cruce donde lo rural y lo urbano se dan la mano sin estridencias.
Última actualización: 7 de agosto de 2026