Sobre el chat de Sonsonate
El río Grande o Sonsonate serpentea la ciudad como una vena histórica, recordando que aquí el cacao y el comercio marcaron el pulso de la alcaldía mayor española. Bajo su puente de los años, la gente cruza con prisa o se detiene a mirar el agua que baja desde las laderas, mientras el aroma a pan recién horneado se mezcla con el rumor de las conversaciones en los portales del centro. Sonsonate no es solo un nombre con doble significado: es ese sabor terroso del atol de piña que se sirve en las fondas de a lado de la catedral, o el eco de las marimbas que suenan cuando llega febrero.
Febrero es sagrado: la Candelaria no se celebra con prisas. Las calles se llenan de faroles, los altares se engalanan y hasta el correo del pueblo desfilan en procesión, como si el tiempo se detuviera entre el humo de los incienses y el repique de las campanas de la Santísima Trinidad. Allí, donde el obispo di Pietro reposó entre los muros de piedra, hoy la gente se saluda con más intensidad, como si cada año renaciera la villa que nació en 1553 tras mudarse desde aquellos predios baldíos cerca de los Izalcos. No es casual que el cacao, que trajeron los españoles, aún se sienta en el aire cuando pasas frente a la vieja plaza.
Pero Sonsonate no vive solo de tradiciones: sube por la cuesta hasta el barrio donde la catedral domina el horizonte, y desde allí se ve cómo el sol se esconde tras los volcanes del occidente. Los más jóvenes hablan de la Verbena Sonsonateca y de las ferias ganaderas que llenan las afueras con animales de cría y artesanos que tallan la madera como lo hicieron sus abuelos. Si te gusta el café de olla en tazas de barro o perderte entre los puestos que venden desde dulces de leche hasta tejidos de algodón, aquí el tiempo no se mide en minutos, sino en historias que se comparten.
Última actualización: 6 de agosto de 2026