Sobre el chat de San Vicente
El río Acahuapa serpentea a los pies de San Vicente, dibujando un paisaje que huele a tierra mojada y a hojas de café secándose al sol. La ciudad, con sus casas de colores que trepan por las laderas bajas, respira el aire fresco de los 390 metros sobre el nivel del mar, donde el monte cercano aún guarda el frescor de la noche. No es el mar el que define este lugar, sino el río y el perfil de las colinas que lo abrazan, ese equilibrio entre lo rural y lo urbano que se nota cuando el sol se oculta tras las nubes.
Las alboradas de diciembre suenan como un coro de voces que entonan coplas antiguas mientras las carrozas se preparan en cada barrio. No es solo una fiesta: es una asignación de días, una responsabilidad compartida donde cada asociación se encarga de que la noche brille con luces, música y el aroma a pupusas recién hechas. Y cuando llega el 15 de enero, el Señor de Esquipulas atrae a los devotos con su devoción serena, sin alardes, como si el tiempo se detuviera entre oraciones y promesas.
Los que pasan por aquí suelen preguntar por el estadio, donde el atletismo y el fútbol se mezclan con el sudor de los entrenamientos. No hay equipo en primera división, pero el ambiente en las gradas los domingos no tiene que envidiarle a ningún otro. Y cuando cae la tarde, el aire se llena del rumor de las conversaciones junto a la margen del río, donde la gente se reúne sin prisa, como si el tiempo aquí no fuera lo mismo que en otro lado.
Última actualización: 9 de agosto de 2026