Sobre el chat de San Martín
San Martín no es solo un cruce de calles, sino ese barrio donde el tiempo parece correr más despacio. Aquí la gente se saluda con un apretón de manos o un gesto de cabeza en la acera, mientras los niños juegan al fútbol en las calles anchas y los vendedores ambulantes ofrecen helados de tamarindo frente a las panaderías recién abiertas. El calor pegajoso de la tarde se mezcla con el olor a pan recién horneado en las esquinas, donde los vecinos se reúnen para hablar de todo y de nada, como en Pollapán, el nombre que aún resuena entre los más mayores.
Lo que más define a esta gente es su hospitalidad; no extrañan a un forastero que pregunte por el camino a la iglesia o que se interese por el río. Allí, en las afueras, aún se cuenta que el lugar recibió su nombre en honor al santo francés o al presidente San Martín, aunque muchos prefieren la raíz náhuat de Pollapán. Las calles no son anónimas: están llenas de historias de familias que llevan generaciones viviendo en las mismas casas de adobe o ladrillo visto, con techos de zinc que brillan bajo el sol de las dos de la tarde.
Por las noches, el ambiente se centra en las esquinas donde se venden pupusas de queso y frijoles, acompañadas de atol de elote. La gente mayor recuerda cómo, en otros tiempos, el lugar era un punto de paso obligado entre San Salvador y Cojutepeque, y aunque ahora el asfalto ha ganado terreno, el carácter sigue siendo el mismo: tranquilo, pero con un ritmo que no se apaga.
Última actualización: 6 de agosto de 2026