Sobre el chat de Repelón
Al sur del Atlántico, donde el aire se espesa con el aroma a tierra mojada y el reflejo del embalse del Guájaro dibuja un espejo gigante entre el monte bajo, está Repelón. No es un pueblo cualquiera: aquí el invierno trae los arroyos que bajan desde la ciénaga Limpia, y el verano quema los campos donde el sorgo crece alto entre el algodón y el plátano. A 86 kilómetros de Barranquilla, pero con un ritmo propio, este rincón de 350 km² vive entre el agua quieta del embalse y los cultivos que pintan la tierra de verde y amarillo.
Los repeloneros saben lo que es reinventarse: desde que en el siglo XVII las inundaciones del canal del Dique les obligaron a subir a terrenos más altos, han hecho de la necesidad virtud. Hoy, mientras el embalse almacena 400 millones de metros cúbicos que riegan sus fincas, en las calles se habla de cosechas, de la humedad que se pega a la piel a las tres de la tarde y de cómo el sorgo se ha convertido en el rey de sus siembras. No hay que buscar más allá del casco urbano para verlo: los arroyos como el Henequén o el Salado solo cantan en época de lluvias, pero el sorgo aguanta el sol y da de comer a varias generaciones.
Si pasas por aquí, no te pierdas el contraste: por la mañana, el olor a tierra removida y el zumbido de las hojas de plátano; por la tarde, el silencio del embalse y el vuelo bajo de las garzas sobre el agua. Aquí no hay prisa, pero tampoco aburrimiento: los repeloneros charlan de cultivos, de cómo el clima les juega malas pasadas y de ese sorgo que, aunque no lo parezca, es el alma de este pueblo de 22.196 almas a solo 19 metros sobre el nivel del mar.
Última actualización: 7 de agosto de 2026