Sobre el chat de Baranoa
El sol cae a plomo sobre el corregimiento Sibarco, ese último suspiro de relieve antes de que el terreno se pliegue en la llanura. Los baranoeros lo saben: aquí el calor no es un rumor, es un compañero de jornada para quienes trabajan la tierra o se mueven entre las parcelas de minifundio. No hay brisa marina que alivie —Baranoa no tiene playa—, pero el viento que baja desde el Sistema Montañoso Atlántico-Bolivarense trae un olor a tierra mojada y a hojas de guandul recién cortadas.
Por las calles del casco urbano, el comercio de confecciones marca el ritmo: talleres de ropa que exportan a otras regiones y negocios donde se negocia más rápido que en cualquier lonja. Eso sí, si alguien quiere probar el sabor de antes, aún se encuentra en las fondas el maíz tierno asado al carbón, ese que los campesinos sembraban junto a la yuca y la ahuyama. Y no faltan los tejidos de palma del corregimiento Pital, una herencia de los arawak-caribes que aún resiste en los mercados los domingos.
Entre Galapa y Tubará, pero lejos del bullicio costero, Baranoa avanza con su clima seco y su gente acostumbrada a resolver sin aspavientos. Aquí no se habla del mar, pero sí de los cultivos que alimentaron a generaciones. Si te gusta el trato directo y los sitios donde las historias se cuentan sin intermediarios, esta sala es tu hueco.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026