Sobre el chat de Malabo
El plato que define a Malabo no lleva adornos: es pescado a la brasa, servido en los antros del puerto con las manos limpias y el sudor pegado a la camisa. No se pide; se pide un botellín de malamba bien fría y se espera a que el humo de las brasas ahuyente el calor húmedo de la ciudad. Hay días en que el viento del Golfo de Guinea trae olas tan limpias que hasta los turistas olvidan preguntar por qué la cocina malabeña mezcla berenjenas con salsa de cacahuete, como si el continente africano y el Caribe se hubieran encontrado en un fogón.
En el centro de Malabo, el Palacio de la Presidencia —ese edificio blanco de líneas rectas que contrasta con el neogótico de la Catedral de Santa Isabel— recuerda que aquí el poder aún huele a colonia española. Las calles Nigeria y Rey Boncoro guardan casas de madera del siglo XIX, carcomidas por la sal y el tiempo, donde los malabeños se mezclan con comerciantes cameruneses y nigerianos. Al otro lado del río Cónsul, cerca del hospital, los niños juegan al fútbol en terrenos baldíos mientras los adultos discuten de política entre el olor a gasolina del puerto y el aroma a yuca fermentada que se escapa de las fondas.
El verdadero corazón de Malabo late en el Estadio de Malabo, donde caben más de 15.000 almas y donde la selección de Guinea Ecuatorial ha escrito páginas que ni siquiera los españoles olvidan. Por las noches, el estadio se vacía y la ciudad se llena de grupos de amigos que discuten sobre el próximo partido del Sony Elá Nguema, mientras en los altavoces suena música ndombolo hasta que la lluvia tropical lo ahoga todo.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026